“Puedes ser un Rey o un Tipo sin Suerte, pero tarde o temprano bailarás con la Muerte”.  Una frase tan cojonuda como profunda, no es de mi cosecha…de hecho es de una infame película frikarda ochentera titulada “El alucinante viaje de Bill y Ted”. Sin embargo durante años he usado esta frase tanto en messenger, como en foros, incluso en la época dorada del irc. Cuando la escuché la hice mía pues esta sola frase reunía la única verdad suprema que conoce el hombre: todos tenemos que morir. Morir es lo único que es seguro que todo ser humano, sin importar raza, religión, sexo, condición política o social,  va a terminar haciendo. La Muerte tiene el mayor contrato de exclusividad de la historia, todos vamos a tener que pasarle por caja, y no hay manera de escaquearse.

Desde que el hombre fue consciente de su mortalidad intentó crear herramientas (lo único que sabe hacer) para poder protegerse del terror que la idea de dejar de existir le causaba. Aquí entran las religiones y sus rituales funerarios. Desde los pueblos primitivos, pasando por sumerios, fenicios, cartagineses, egipcios, celtas, griegos, romanos, cristianos…Todas las culturas se han preocupado de prepararse para lo inevitable, para dar respuesta a la gran pregunta de si hay un mas allá, y de realizar los preparativos necesarios para afrontar ese “transito”. Algunas de éstas culturas hacían de la muerte todo un arte. Dedicaban tanto esfuerzo y tiempo que, literalmente, dedicaban toda su vida para poder morir de la mejor manera posible.

He asistido a varios funerales. Algunos, quizás, antes de lo previsto y otros, curiosamente, rematadamente tarde. He presenciado el ritual más veces de lo que me gustaría, he escuchado los sermones, la misa, y he trasladado el cuerpo del difunto hasta el “santo” sepulcro en el que alcanzaría el descanso eterno…y me he dado cuenta de la verdad. En el zen esto es llamado un satori, aquí, al cambio, podríamos decir que se me ha encendido la bombilla. Y es que los funerales, el duelo, la vigilia del difunto, toda la parafernalia que acompaña a un entierro no es, en ningún sentido, válido ni necesario para el difunto; lo es para el vivo.

Una vez muerto da igual que lloren por tí, que tus obras de arte se coticen por millones, que todos tus allegados se jacten de cuánto te querían y exaltaran todas tus virtudes. De igual modo de nada le vale al difunto que un sacerdote diga que su espíritu está en el reino de los cielos y que le espera la vida eterna…tal y como dijo Jesús “el reino de los cielos está en vosotros”  (Lucas 17,20-21). Y si ya está en nosotros, en el aquí y ahora, no hay que esperar a morirse para intentar entrar en él. ¿Por qué perder el tiempo preocupándose en lo que vendrá después? “Dejad que los problemas del día de sean suficientes para el día de hoy” (Mt, 6, 34).

Siguiendo en ésta línea, Jesús formuló la siguiente pregunta retórica: “¿Quién de vosotros, por mucho que se preocupe, añadirá un palmo más a su vida?” (Mt, 6,27). Y éste es el auténtico centro de nuestra existencia: que la vida propia, por preciosa que nos resulte, no nos pertenece y no se halla bajo nuestro control. ¿Alguien eligió nacer rubio, o moreno, o celíaco, o alérgico a la lactosa? ¿Alguien recuerda siquiera haber elegido nacer? ¿Por qué entonces deberíamos tener derecho a elegir el no morir?

Preocuparse por la propia muerte, o por los que han muerto, es un ejercicio tan útil como morder una piedra. Preocupémonos de los que nos rodean, del tiempo que nos toca vivir, de nuestra vida. Hagamos de ella un auténtico Arte de Vivir.

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